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martes, 10 de marzo de 2009

Plaza de Toros de Constantina

ABC. Martes, 26 de agosto´2003.
Aquellos toros en el pueblo por D. Manuel Ramírez Fernández de Cordoba.

En el mío, ¿para qué voy escribir de otro si el de mis amores es el que es y, por tanto, el que más conozco? empezaba la música a afinar los instrumentos en Llanorsó, que es algo así como la sevillana Campana, para que un remolino de chiquillos se preparara para ir tras ella hasta llegar a la plazadetoros al paso del pasodoble y, por supuesto, sin que faltara en el grupo un niño más, no en edad sino en inocencia, como Enrique Pitote, para disfrutar tanto y más que ellos, los de menor edad, y sentirse en todo el recorrido el retumbar de «El gato montés», «España Cañí», «Gallito» o «Vito» para que se animara la siesta y se llegara a la Alameda con colas en la taquilla, los caballos de picar, sin patio donde meterse, se fueran vistiendo atados a la baranda de la caseta de Caza y Pesca, las mulillas se quitaran las moscas casi compartiendo el improvisado establo y el gentío esperara llegar los cochecuadrillas que ya habían visto, cuando subían calle Mesones arriba, aparcados en los alrededores del hotel La Valenciana.
Eran otros tiempos que los mayores en edad, no me gusta la palabra viejo, siguen recordando; de cuando toreó en Constantina Manolete en el cuarentaycuatro del siglo pasado; de cuando llegó un ciclón mexicano llamado Carlos Arruza; de cuando se juntaron tres gitanos de toreo de fragua -Cagancho, Gitanillo de Triana y Gallito- para que aquella tarde se fundiera en bronce o cuando El Hombre Gordo era el amo de las charlotadas y Ángel Peralta, en esta plaza debutó su hermano Rafael en el Corpus del cincuentaysiete, no faltaba casi nunca a su cita serrana incluyendo aquel año en que con Rafael, Álvaro Domecq y Lupi fueron los cuatro jinetes de la apoteosis.
De Manolete cuentan todavía que, a las dos de la tarde del día de la corrida, se habían vendido muy pocas entradas porque se rumoreó, sin fundamento, que el monstruo de Córdoba no iba a torear y no se creía casi nadie que estuviera ya alojado en La Valenciana. Allá que tuvo que ir la comisión de festejo a convencer al Califa para que se dejara ver. «¿Qué tengo que hacer?», preguntó el torero. «Que le vean», respondiéronle los de la comisión. Reticencia en algunos del entorno del torero por el poco tiempo que le quedaba para descansar y empezar a vestirse. Réplica de Manolete: «Por salvar a un empresario de pueblo me visto yo hasta de payaso si hiciera falta».Lo vieron, llegó el lleno. Y hoy queda el recuerdo.
Otra cosa pasó con Arruza. Y ahí, la caballerosidad del entonces su apoderado: don Andrés Gago. Al torero se le había contratado hacía muchos meses, incluso antes de que llegara a España y formara alborotos en todas las plazas, porque Ángel Carmona «El Camisero», matador de toros nacido en Constantina, alertó del ciclón taurino antes de que llegara. Se contrató barato porque casi nadie lo conocía entonces. Y torero y apoderado mantuvieron aquel poco dinero aun cuando le estaban ofreciendo en otras plazas en ferias también agosteñas, muchísimo más, explicando el por qué y demostrando lo que es la gente del toro: «Porque ustedes confiaron en nosotros cuando ni siquiera nos habían visto ni habíamos debutado en España».
Años lejanos en el tiempo que sólo perduran por la tradición oral de las mejores leyendas para que quede siempre constancia mientras uno, cada vez que va a su plaza de toros, vaya toreando al alimón con la realidad y lo soñado más que vivido, con el presente y la nostalgia, con el tiempo detenido como si fuese el perfil eterno del Manolete que no llegó a ver o los muchos que han venido luego para escribir la historia de una plaza, la de Constantina, con solera añeja.

Plaza de Toros de Constantina

martes, 10 de marzo de 2009

ABC. Martes, 26 de agosto´2003.
Aquellos toros en el pueblo por D. Manuel Ramírez Fernández de Cordoba.

En el mío, ¿para qué voy escribir de otro si el de mis amores es el que es y, por tanto, el que más conozco? empezaba la música a afinar los instrumentos en Llanorsó, que es algo así como la sevillana Campana, para que un remolino de chiquillos se preparara para ir tras ella hasta llegar a la plazadetoros al paso del pasodoble y, por supuesto, sin que faltara en el grupo un niño más, no en edad sino en inocencia, como Enrique Pitote, para disfrutar tanto y más que ellos, los de menor edad, y sentirse en todo el recorrido el retumbar de «El gato montés», «España Cañí», «Gallito» o «Vito» para que se animara la siesta y se llegara a la Alameda con colas en la taquilla, los caballos de picar, sin patio donde meterse, se fueran vistiendo atados a la baranda de la caseta de Caza y Pesca, las mulillas se quitaran las moscas casi compartiendo el improvisado establo y el gentío esperara llegar los cochecuadrillas que ya habían visto, cuando subían calle Mesones arriba, aparcados en los alrededores del hotel La Valenciana.
Eran otros tiempos que los mayores en edad, no me gusta la palabra viejo, siguen recordando; de cuando toreó en Constantina Manolete en el cuarentaycuatro del siglo pasado; de cuando llegó un ciclón mexicano llamado Carlos Arruza; de cuando se juntaron tres gitanos de toreo de fragua -Cagancho, Gitanillo de Triana y Gallito- para que aquella tarde se fundiera en bronce o cuando El Hombre Gordo era el amo de las charlotadas y Ángel Peralta, en esta plaza debutó su hermano Rafael en el Corpus del cincuentaysiete, no faltaba casi nunca a su cita serrana incluyendo aquel año en que con Rafael, Álvaro Domecq y Lupi fueron los cuatro jinetes de la apoteosis.
De Manolete cuentan todavía que, a las dos de la tarde del día de la corrida, se habían vendido muy pocas entradas porque se rumoreó, sin fundamento, que el monstruo de Córdoba no iba a torear y no se creía casi nadie que estuviera ya alojado en La Valenciana. Allá que tuvo que ir la comisión de festejo a convencer al Califa para que se dejara ver. «¿Qué tengo que hacer?», preguntó el torero. «Que le vean», respondiéronle los de la comisión. Reticencia en algunos del entorno del torero por el poco tiempo que le quedaba para descansar y empezar a vestirse. Réplica de Manolete: «Por salvar a un empresario de pueblo me visto yo hasta de payaso si hiciera falta».Lo vieron, llegó el lleno. Y hoy queda el recuerdo.
Otra cosa pasó con Arruza. Y ahí, la caballerosidad del entonces su apoderado: don Andrés Gago. Al torero se le había contratado hacía muchos meses, incluso antes de que llegara a España y formara alborotos en todas las plazas, porque Ángel Carmona «El Camisero», matador de toros nacido en Constantina, alertó del ciclón taurino antes de que llegara. Se contrató barato porque casi nadie lo conocía entonces. Y torero y apoderado mantuvieron aquel poco dinero aun cuando le estaban ofreciendo en otras plazas en ferias también agosteñas, muchísimo más, explicando el por qué y demostrando lo que es la gente del toro: «Porque ustedes confiaron en nosotros cuando ni siquiera nos habían visto ni habíamos debutado en España».
Años lejanos en el tiempo que sólo perduran por la tradición oral de las mejores leyendas para que quede siempre constancia mientras uno, cada vez que va a su plaza de toros, vaya toreando al alimón con la realidad y lo soñado más que vivido, con el presente y la nostalgia, con el tiempo detenido como si fuese el perfil eterno del Manolete que no llegó a ver o los muchos que han venido luego para escribir la historia de una plaza, la de Constantina, con solera añeja.