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lunes, 14 de mayo de 2018

ROBLEDIN - 1940

Como cada día, a las nueve, allí estaba ella. Robledín se sentaba junto a la cama que aquel carpintero mañoso y charlatán de la calle Santo Cristo le había fabricado a sus abuelos cuando se casaron, allá por los años cuarenta.
Cada día repetía la misma historia. “Buenos días, abuela, ¿ha dormido usted bien? Le traigo su desayuno, una manzanilla calentita y un cruasán. Soy yo, abuela, Robledín, su nieta, la hija de su hijo Antonio”. No tenía que mirarla para saber que estaba achinando los ojos mientras la observaba de arriba abajo. A ver si hoy hay suerte. 
Unos días con dos o tres fotos se hace la luz en su mente, otros ni con el álbum entero. “Mire, abuela, le he traído unas fotos. Aquí está usted en la escuela donde enseñaba a leer a los niños. También me enseñó a leer a mí, abuela, cuando mamá se fue. ¿Se acuerda? Al cielo, abuela, se fue al cielo. Mire, y aquí está usted con el abuelo el día de su boda. Qué carita de susto tenía usted, apenas le conocía ¿verdad? Soy Robledín, abuela. Sí, su nieta. ¿Se acuerda?”.
Hoy no hay nada que hacer. Hoy no encuentra recuerdos en ese sótano oscuro en el que se ha convertido su memoria. 
Aquella casa se había convertido para Robledín en un lugar de refugio y añoranzas, donde su niñez tras la muerte de su madre quedó arropada por los delicados cuidados de sus abuelos. No recuerda el momento exacto en que todo se vino abajo y, esa terrible enfermedad hizo acto de presencia en sus vidas, cuando dejó de hablar y de sonreír sin que ella entendiera el porqué. Nadie en el mundo la quiso tanto como su abuela, y perderla para ella, representaba el episodio más cruel al que tendría que enfrentarse en esta vida...y era consciente de que eso no tardaría mucho en llegar. 
Robledín se despidió de su abuela, antes de que se pusiera nerviosa, pero volverá mañana. Volverá a repetirle su historia cada día hasta que, por desgracia, ya no tenga que volver a hacerlo.

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ROBLEDIN - 1940

lunes, 14 de mayo de 2018

Como cada día, a las nueve, allí estaba ella. Robledín se sentaba junto a la cama que aquel carpintero mañoso y charlatán de la calle Santo Cristo le había fabricado a sus abuelos cuando se casaron, allá por los años cuarenta.
Cada día repetía la misma historia. “Buenos días, abuela, ¿ha dormido usted bien? Le traigo su desayuno, una manzanilla calentita y un cruasán. Soy yo, abuela, Robledín, su nieta, la hija de su hijo Antonio”. No tenía que mirarla para saber que estaba achinando los ojos mientras la observaba de arriba abajo. A ver si hoy hay suerte. 
Unos días con dos o tres fotos se hace la luz en su mente, otros ni con el álbum entero. “Mire, abuela, le he traído unas fotos. Aquí está usted en la escuela donde enseñaba a leer a los niños. También me enseñó a leer a mí, abuela, cuando mamá se fue. ¿Se acuerda? Al cielo, abuela, se fue al cielo. Mire, y aquí está usted con el abuelo el día de su boda. Qué carita de susto tenía usted, apenas le conocía ¿verdad? Soy Robledín, abuela. Sí, su nieta. ¿Se acuerda?”.
Hoy no hay nada que hacer. Hoy no encuentra recuerdos en ese sótano oscuro en el que se ha convertido su memoria. 
Aquella casa se había convertido para Robledín en un lugar de refugio y añoranzas, donde su niñez tras la muerte de su madre quedó arropada por los delicados cuidados de sus abuelos. No recuerda el momento exacto en que todo se vino abajo y, esa terrible enfermedad hizo acto de presencia en sus vidas, cuando dejó de hablar y de sonreír sin que ella entendiera el porqué. Nadie en el mundo la quiso tanto como su abuela, y perderla para ella, representaba el episodio más cruel al que tendría que enfrentarse en esta vida...y era consciente de que eso no tardaría mucho en llegar. 
Robledín se despidió de su abuela, antes de que se pusiera nerviosa, pero volverá mañana. Volverá a repetirle su historia cada día hasta que, por desgracia, ya no tenga que volver a hacerlo.

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